El femicidio de Alicia Muñiz: ecos de un crimen que transformó la prensa y la conciencia argentina
- Tinta Joven Argentina al descubierto
- 29 oct 2025
- 7 Min. de lectura
Redacción: Ana Goñi, Victoria Porto y Nazareno Etchechury
Edición: Lic. María Verónica Riedel

Mar del Plata, Argentina – El 14 de febrero de 1988, Alicia Muñiz, fue hallada sin vida en donde su ex pareja, el boxeador Carlos Monzón, pasaba el verano en el barrio La Florida. La autopsia reveló que había sido estrangulada antes de caer del balcón, lo que desmintió la versión inicial de Monzón, quien alegó que ella se había ar
rojado y que él había intentado detenerla. Este femicidio conmocionó al país, marcó un antes y un después en la cobertura periodística argentina y abrió un debate público sobre la violencia de género y el rol de los medios en la construcción de la verdad.

De la crónica policial al caso mediático
En los primeros días tras el hallazgo, gran parte de la prensa tituló el hecho como un “confuso episodio” o un “accidente”, reproduciendo la versión del boxeador y protegiendo su imagen de ídolo nacional. Sin embargo, las pruebas forenses y el testimonio del cartonero Rafael Crisanto Báez cambiaron el rumbo del caso: el testigo aseguró haber visto a Monzón sujetar a Alicia del cuello, desmayarla y arrojarla “como una bolsa de papas”. Los informes médicos confirmaron fractura del hueso hioides, signos de asfixia y golpes previos.
La difusión de una fotografía del cuerpo de Alicia tomada por Télam fue un punto de inflexión. Aunque se criticó su crudeza, esa imagen contribuyó a revertir el relato dominante y a instalar públicamente la versión de los familiares o testigos de la víctima.

El juicio y la respuesta social
El juicio contra Carlos Monzón fue el primero televisado en Mar del Plata y tuvo una enorme repercusión mediática. Durante el proceso, el ex-boxeador admitió haber golpeado a todas sus parejas —“les pegué a todas mis mujeres y nunca les pasó nada”—, una frase que reflejaba la naturalización de la violencia en la época.
El 3 de julio de 1989, Monzón fue condenado a once años de prisión por homicidio simple, sin el agravante por vínculo (ya que no estaban casados) y antes de que existiera la figura legal del femicidio. Aunque la sentencia fue considerada ejemplar en su tiempo, hoy se percibe como leve ante la magnitud del crimen.
La fiscal María Florencia Salas, titular de la Fiscalía Nº1 de Mar del Plata, señaló que en los años ´80 la violencia doméstica era vista como “un asunto privado” y que la justicia carecía de perspectiva de género. “Fue una pena muy baja para un hecho gravísimo”, afirmó sobre los 11 años que recibió Monzón. En aquel momento —agregó— “solo se analizó el hecho final, sin contemplar la violencia sistemática previa. No hubo absolutamente nada de perspectiva de género”.
La condena, sin embargo, generó un fuerte impacto social. Aumentaron las denuncias de violencia doméstica, se triplicaron los pedidos de ayuda de mujeres y en Buenos Aires se crearon las primeras Comisarías de la Mujer. El caso también obligó a los medios a abordar por primera vez la violencia de género como un problema público.
Entrevista a la fiscal Florencia Salas
Salas recordó que la cobertura mediática del juicio fue profundamente machista: “Se enalteció al boxeador y se colocó a Alicia Muñiz en un segundo plano, estigmatizada como ‘la novia de’”. La fiscal definió la “justicia mediática” como la instalación pública de una versión que busca influir en los operadores judiciales. Si bien reconoció que los medios pueden ejercer presión, remarcó que “la justicia formal solo debe basarse en pruebas”.
En la actualidad, explicó, existen más herramientas para evitar el espectáculo mediático en juicios sensibles: reglas de acceso, protección de víctimas de extrema violencia y de menores de edad. Además, distinguió entre la “verdad judicial”, que se apoya en pruebas, y la “verdad pública”, moldeada por los medios: “El Poder Judicial debe comunicar con transparencia para no quedar atrás de la versión mediática”, advirtió.
Al comparar el caso Muñiz con el presente, Salas destacó un "cambio enorme": leyes específicas como la 26.485 y la incorporación del femicidio al Código Penal, mayor acompañamiento a las víctimas y la capacitación obligatoria en género para los funcionarios judiciales. Sin embargo, reconoció que aún persisten prejuicios y resistencias dentro del sistema. “Es el ejemplo de lo que no debe hacerse. Ni simbólicamente se puede reparar lo ocurrido, pero sirve para aprender y no repetirlo”, dice con contundencia sobre el caso. Y al revisarlo hoy, admitió sentir “mucha impotencia”, aunque admitió que hoy existen más herramientas para juzgarlo de forma adecuada y con perspectiva de género.
Finalmente, al referirse a la cobertura mediática responsable, Salas subrayó que los medios deben evitar datos que revictimicen, proteger a menores y trabajar en conjunto con la justicia para informar sin dañar.
El ídolo y el femicida: una identidad en disputa
Pese a las pruebas y a la condena, la figura de Carlos Monzón siguió dividiendo a la opinión pública. Su condición de ídolo popular, forjada por su éxito deportivo y su origen humilde, llevó a que muchos medios continuaran justificando su violencia. Como explicó el periodista Mariano Suárez, “se lo cuidó demasiado a Carlos Monzón, se le daba de campeón, se intentó justificar muchas veces la violencia hacia las mujeres que él había cometido”. En los titulares y crónicas de la época se lo presentaba como un “ídolo caído” o una “fiera acorralada”, y se atribuían sus actos a los celos, al alcohol o a la presión de la fama.
Alicia Muñiz, en cambio, fue revictimizada. Suárez recordó que los medios “juzgaban a la víctima: qué hacía, cómo era” y que los crímenes de este tipo se consideraban “asuntos del ámbito privado”, cubiertos bajo el rótulo de “crímenes pasionales”. En los diarios, esos casos “iban en un recuadrito muy chiquito”, y los titulares solían romantizar la violencia con frases como “A trompadas con el amor” o “La mató por amor”.
La cobertura, señaló el periodista, reflejaba una mirada social profundamente machista: se enaltecía al campeón y se invisibilizaba a la mujer asesinada. Sin embargo, aclaró que “es difícil juzgar cómo se abordó en 1988 un caso con la mirada que tenemos hoy”, ya que la sociedad y el periodismo “han evolucionado mucho”. En aquel entonces, dijo, era común que los medios reprodujeran la lógica cultural dominante, sin reconocer todavía la violencia de género como una problemática estructural.
Tras su muerte en un accidente automovilístico en 1995, miles de personas despidieron a Monzón y se levantaron monumentos en su honor. Para Suárez, este fenómeno demuestra que “los medios fueron un reflejo de esa división” entre quienes seguían venerando al ídolo y quienes reclamaban justicia por el crimen. Aún hoy, algunos medios exaltan su figura deportiva, relegando el femicidio de Alicia Muñiz a un simple “error” en su vida, una muestra de cómo la memoria mediática todavía lucha por desarmar los mitos construidos en torno a los ídolos masculinos.
Un legado en disputa y un desafío actual
El femicidio de Alicia Muñiz fue más que un hecho policial: fue un punto de inflexión en la sociedad y en el periodismo argentino. Puso en evidencia el papel de los medios en la distorsión inicial de la realidad, la influencia de la cobertura en el proceso judicial y la necesidad de revisar críticamente las narrativas sobre la violencia hacia las mujeres.
Treinta años después, el caso sigue interpelando a la sociedad argentina. Aunque el movimiento #NiUnaMenos y las transformaciones legales han impulsado una nueva conciencia sobre la violencia de género, persisten los desafíos: evitar la revictimización, abandonar los clichés de “crímenes pasionales” y cuestionar la idolatría hacia figuras condenadas por violencia.
Desde el deporte, esta reflexión también tiene eco. El profesor de educación física Julián Domingo sostuvo que el club, al igual que la casa y la escuela, “es un lugar más de aprendizaje y de educación de un chico”. En su experiencia como formador, advirtió que “muchas veces la primera respuesta frente a una frustración es el enojo o la violencia”, por eso considera clave no dejar pasar ningún gesto agresivo y trabajar esos comportamientos desde edades tempranas. “No porque sea fútbol está todo justificado”, subrayó, y agregó que el objetivo es que el deporte no sea un espacio donde descargar frustraciones, sino un ámbito para aprender respeto, compañerismo y autocontrol.
Sobre la figura de Monzón, Domingo admitió que “a veces el dar una alegría deportiva lleva a perdonar cosas que a otra persona no se le perdonarían”. Sin justificarlo, reconoció que “eso pasa con deportistas famosos o de élite, a quienes se les toleran conductas solo porque tienen una habilidad deportiva”. También reflexionó sobre la dificultad de separar al ídolo del hombre: “Nosotros, los adultos, podemos hacerlo, pero para los chicos es más complicado. Por eso los ejemplos más cercanos tienen que ser los padres y los formadores".
Domingo valoró los avances en la igualdad de género dentro del deporte, “la mujer ha tomado el protagonismo que realmente se merece”, dijo, al tiempo que destacó el crecimiento del fútbol femenino y la presencia de profesoras en los clubes. Sin embargo, reconoció que “falta mucho para que el contexto sea igualitario” y que el trabajo debe ser colectivo, “desde un comentario hasta una acción, todo puede influir. Tenemos que seguir mejorando para que todos —varones y mujeres— tengan las mismas oportunidades dentro y fuera de la cancha”.
Para el docente, visibilizar casos como el de Alicia Muñiz “es una gran idea, una gran intervención, para que no pasen de largo como una estadística más”. Su reflexión sintetizó el desafío que persiste: formar nuevas generaciones que entiendan que la pasión no puede confundirse con violencia, ni dentro del deporte ni en la vida cotidiana.
El legado de Alicia Muñiz trasciende su tragedia. Su historia —primero silenciada y distorsionada, hoy reivindicada— recuerda que la forma en que los medios narran la violencia incide directamente en la justicia y en la construcción de una sociedad más equitativa y libre de violencia.




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