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Malvinas: la verdad que los soldados fueron obligados a callar

  • Foto del escritor: Tinta Joven Argentina al descubierto
    Tinta Joven Argentina al descubierto
  • 11 nov 2025
  • 30 Min. de lectura

Durante la guerra de Malvinas, Argentina luchó también contra la censura y el olvido. Los soldados que representaron al país fueron silenciados y, por muchos años, culpados por la derrota debido a la desinformación proveniente de los medios de comunicación. 


*Por Morena Escudero, Catalina Sciu y Julieta Beguiristain

Edición Lic. María Verónica Riedel  


Soldados recién llegados a Malvinas, cuadro expuesto en el Centro de ex Combatientes 
Soldados recién llegados a Malvinas, cuadro expuesto en el Centro de ex Combatientes 

El 2 de abril de 1982, miles de jóvenes y adultos - militares y civiles - embarcaron rumbo a las Islas Malvinas para que Argentina pueda recuperar la soberanía arrebatada en 1833 por Gran Bretaña. Muchos de los combatientes fueron adolescentes inexpertos recién salidos del secundario, quienes llenos de miedo e incertidumbre, alzaron allí, con orgullo y firmeza, la bandera de su país.


Hoy en día es difícil imaginar un enfrentamiento de ese tipo frente a una de las potencias mundiales, sin embargo, aquellos combatientes les hicieron frente y resistieron mucho más de lo que los ingleses pudieron imaginar. Fueron soldados que dejaron a las familias, sus hobbies, sus vidas, para luchar en representación de Argentina y recuperar las Islas Malvinas. 


Argentina pasaba por un gobierno militar de facto al mando del presidente Leopoldo Fortunato Galtieri, quien decidió llevar a cabo el enfrentamiento. Ellos se encargaban de controlar la información en los medios de comunicación para contar la situación de la guerra a su beneficio. 


Los diarios, la radio, la televisión y las revistas omitían todos los temas relacionados con la guerra de Malvinas, invisibilizando a los soldados que estaban dando su vida por la Patria y olvidando a todos aquellos que murieron en combate. La agenda mediática estaba marcada por el Mundial de ese mismo año, jugado en España, con titulares como “Acá se juegan la vida” para hacer referencia al partido entre Chile y Alemania.


Cuando los medios sí mencionaban el conflicto, lo hacían con información errónea, transmitiendo un falso optimismo. Andrea Avalos, una ciudadana que vivió la guerra desde afuera, comentó “Era feo cuando escuchabas en la radio que decían, comunicado número…, y ahí contaban que estaba todo bárbaro, que iban ganando o que por lo menos iba todo bien”. Además, los canales de televisión reforzaban esa ilusión con campañas aparentemente solidarias: “Hacían colectas canal 8 y canal 10 para llevar a Malvinas; después, con el tiempo, nos dimos cuenta que nada de eso llegaba”.



Ante esta desinformación y manipulación proveniente del gobierno en los medios de comunicación, los soldados fueron culpados por la derrota, siendo olvidados y rechazados durante muchos años por la sociedad. En general, el pueblo no se cuestionó el porqué de la derrota si, según lo que se informaba, Argentina iba venciendo; sino hasta tiempo después, cuando hablar del tema comenzó a dejar de ser un tabú.


La prensa no fue la única intervenida por el gobierno: los mismos combatientes fueron silenciados y obligados a ocultar su verdadera historia. Miguel Ressia afirmó: “Nos habían hecho firmar en Campo de Mayo unos documentos como que no podíamos hablar, ni contar las realidades que vivimos allá”, y dejó en claro que estuvieron amenazados durante años. “Se contó lo que querían que se contara, lo que el gobierno quería que se contara”, resumió.


A pesar del error de los medios de comunicación, muchos excombatientes han demostrado no tenerles rencor, porque, si bien eran ellos los que distorsionaban la realidad de los hechos, fueron también los que le dieron la posibilidad de comenzar a contar sus historias mediante los diarios, la radio e inclusive la televisión, donde estaban más expuestos.


Juan Pablo Mendoza asistió al campo de batalla con tan solo 18 años, mientras realizaba el servicio militar. Contó todo lo que vivieron él y su familia durante esos años, una historia muy profunda y con mucha carga emocional. 


Durante la entrevista, Mendoza mencionó "eramos inexpertos, todos, la gente civil, el conscripto, el periodismo, todos éramos inexpertos de una guerra cruda, real. Así que no me corresponde, y tampoco lo haría, criticar a alguien que dijo “¡si, vayamos a la guerra!” sabiendo que él no iba, porque ni siquiera yo sabía".


La vuelta para ellos no fue fácil, volvieron en la clandestinidad, a oscuras, como perdedores y culpados por el pueblo. A muchos les hicieron sentir que haber ido a la guerra era motivo de vergüenza, que había que ocultarlo; y otros buscaban la manera de ser escuchados. Algunos fueron a la revista Todo por la patria para contar su historia, pero tuvieron varios llamados del Presidente obligándolos a irse. 


Todo lo contrario sucedió cuando se anunció el inicio del combate. Comentó Pablo Melara, fundador del Grupo de Investigación de Historia Oral y Regional sobre la cuestión Malvinas (GIHOR), que para él y sus amigos fue una fiesta. Escuchó la noticia por la radio minutos antes de ir al colegio, y al llegar se dirigieron todos al salón de actos para festejar lo que estaba sucediendo. 


Tanto Pablo como los ex combatientes, afirmaron que el desvío de la información no es culpa de los medios de comunicación, ya que estos estaban intervenidos por el gobierno y no podían hablar más de lo que se les permitía. Gustavo Panaggio contó que el periodista Cholo Ciano fue quién los llevó a ellos a los medios y les abrió los micrófonos aún teniendo la orden de no dejarlos hablar. 


Incluso cuando se plantó bandera blanca se buscaba el modo correcto para anunciarlo. Ningún medio iba a utilizar las palabras Nos rendimos o perdimos, sino que se veía por todos lados la frase cese de fuego, lo que hacía que no suene del todo como una derrota. 


Sólo en los medios argentinos controlaban la información. Los países vecinos, no involucrados en este conflicto bélico, contaban la guerra tal y como estaba sucediendo. Al pueblo argentino se le hacía creer algo que estaba muy alejado de la realidad, y se lo distraía con temas del momento como el mundial, la economía, entre otros. 


Los soldados decidieron levantar su voz y es ahí cuando se creó el Centro de Ex Combatientes para que ellos puedan contar su historia, y además para poder acompañarse entre personas que vivieron lo mismo. 


Entrevistas a excombatientes

Miguel Ressia, Eduardo Niella, Gustavo Panaggio y Gustavo Schroeder


Tinta Joven: ¿Qué edad tenían? ¿en qué etapa estaban? ¿en qué área era la de ustedes?


Eduardo Niella
Eduardo Niella

Niella: Da la casualidad de que los tres estábamos en el mismo lugar. Estaba en el club de artillería, en Camet. Tenía 18 años, recién había terminado mi fiesta de egresados, el 8 de marzo de 1982 me incorporo al servicio militar que era obligatorio en ese momento, creo que nadie se imaginaba en lo que iba a desencantar en ese año. Con 18 años uno está con otra historieta en la cabeza, estaba todavía viendo qué carrera podía seguir en la universidad, si iba a seguir estudiando, si tenía la posibilidad de irme a jugar al fútbol a Buenos Aires y de golpe cae esta situación y te cambia toda la historia. Y ahí te das cuenta que muchas veces uno no puede programar algo, uno no puede tener control, la vida se encarga de hacerte así (hace seña de puñal en el pecho). Imaginate con 18 años estar en una historieta así donde hay muchas realidades porque te encontras con gente con distintas experiencias, ya el servicio militar obligaba a eso, ¿no? Encontrarse en un grupo de distintas índoles y amalgamar eso y más en una historia así como fue la guerra, acomodarte y ahí cada uno se va acomodando de acuerdo a las experiencias de familia que tenía, de crianza. Estamos hablando con 18 o 19 años, donde uno tiene todo por hacer porque realmente uno está saliendo al mundo a querer comérselo, la punción de vida que tiene alguien de 18 años con toda su energía, es eso y de repente te muestra una realidad que nadie te dice nada .

Bueno eso es un poco a grandes rasgos lo que pasó en mi caso. Lo que significó para mi tener 18 años y encontrarme con ese tipo de situación y después las experiencias que íbamos teniendo día a día y en el cual son diferentes porque estábamos en lugares diferentes en situaciones diferentes con gente diferente.


Miguel Ressia
Miguel Ressia

Ressia: Yo tenía 19 años, un año más grande que ellos, pasa que yo había repetido el colegio, ese año de diferencia no hacia la cuestión, el que vos tenías al lado él sentía de una manera y vos sentías de otra. No hay una sola verdad en la guerra, a rasgos generales si, estábamos al lado pero igual vivíamos distinto.


TJ: ¿Cómo eran las relaciones con los superiores?


Niella: En mi caso yo no tuve buenas experiencias con los oficiales. Teníamos un mes de haber ingresado, el 8 de marzo ingresamos y el 16 de abril ya estábamos en Malvinas. Entonces en mi caso para mi era lo mismo un general que un cabo, ni sabía lo que significaba una estrella, una tira y así por eso por desconocer eso te mandaban a arrastrarte y cagarte a palo, después entendés que hay una ignorancia, que vos decís chau, por eso digo también la gente que te toca compartir, algunos pueden tener una preparación determinada y otros no. Uno se tiene que acomodar a eso y va formando también tu resistencia y tu aguante, a raíz de eso me preguntaron hace unos días, cómo hacíamos para haber aguantado estar dentro de unos pozos con agua que venían los aviones te cagaban a bombazos, venían los barcos a la noche y te partían en veinte, porque tenías 18 años, la punción de vida te llevaba a hacer eso, a querer estar vivo, muchos querían entregarse y decir ya está, pero no, tenías 18 años, ganas de vivir y de salir de ese infierno.


Gustavo Panaggio
Gustavo Panaggio

Panaggio: Buscaban gente joven, cuando vos sos chico tenes una visión de la vida, del entorno, una forma de ser que hoy de grandes nosotros no la tenemos, todo influye como te habían criado, de qué familia venías, unos aguantan más otros menos, porque éramos criados de diferentes maneras. La colimba juntaba a toda gente de distintos estatus sociales en un único lugar, entonces por eso había distintos enfoques. El ejército fue el que peor se portó con los soldados. Marina y aeronáutica, los trataban bien, entre ellos había buenos tratos.


Ressia: Vi cómo lloraban, se escondían, y después nos trataban mal a nosotros. Los jefes míos no eran buena gente, que tu jefe te enseñe que te cuide. A nosotros nos trataron mal.


¿Cómo fue la experiencia, cómo vivían, qué recuerdo tienen del momento del combate?


Ressia: El 12 de abril nos embarcaron, nos llevaron al sur y el 16 de abril llegamos a Malvinas en avión, había muy poca preparación, no teníamos la conciencia a lo que realmente íbamos, era un viaje, una aventura, éramos un grupo de conocidos de antes, del colegio, la playa, de salir, era hasta divertido, hasta el primer bombardeo. Pibes de la fiesta de egresados que de golpe pasamos a ser hombres. No había un intermedio, bancarsela y estar pila, podrías sufrir heridas de guerra o también el estado de ánimo, si alguno se bajoneaba declinaba mucho y eso nos venía muy en contra.


Niella: Yo compartí pozo con cinco compañeros más y nos dimos cuenta que nos compartíamos, espalda con espalda, cuando venía uno que estaba bajoneado el otro se preocupaba por levantarlo, sacarlo de ese momento y así parecía que íbamos rotando, tocaba uno, estaba un par de días así, me tocaba después a mi que extrañaba a mis viejos. Yo estuve todo este periodo en las islas, estuve 45 días sin recibir una noticia de mis viejos, las cartas no llegaban y yo veía que todos los demás recibían, y yo que compartía una carpa con un compañero que caímos heridos juntos, estar siempre juntos, yo me enzarzaba leyendo las cartas que le escribían a él, que inclusive él les decía, pregunta por los padres de Eduardo, la madre de él conoció a mis viejos. Mandarle la noticia de que estábamos bien y mas o menos donde estábamos posicionados sin dar mucho detalle porque también sabíamos que al escribir un poco de mas, era decir lo justo y necesario, de hecho en mi caso particular yo me acuerdo el 10 de julio yo estaba de guardia en el medio del cerro y a la luz de la luna, me puse a escribirle las cartas a mi vieja y se tronchó ese momento de escribir porque empezaron a bombardear, agacho la cabeza de la explosión y me pega una esquirla en el casco, que yo a esa esquirla la tengo guardada en mi casa. Porque lo primero que hice fue agarrarla y guardármela, vos volvés conmigo y la fecha esa me quedó guardada porque fue la última carta que yo le escribí a mi vieja, y esas secuencias de que era un día a la vez, en mi caso yo por ejemplo no planeaba mucho mas allá, mañana es otro día, siempre tuve las malas experiencias de ver caer muy cerca de donde estaba mi grupo de defensa, caer a otros soldados de otros regimientos, escuchar los gritos en la noche, entonces en mi caso funcionaba así, era un día a la vez. En momentos sentir que estaba solo en este mundo, me acodaba solamente de los que tenía alrededor mío, los que estábamos en el mismo pozo. Que eso obviamente yo lo pago después a la vuelta, todo lo que pasa allá tiene un pago bastante duro y bastante caro cuando volvemos.


TJ: ¿A qué herramientas acudieron en la postguerra?


Niella: En mi opinión personal siempre digo creo que fue mucho más duro la postguerra que la guerra en sí, yo tuve que reestructurar, cambiar mis estructuras que tenía hasta ese momento, volver de una manera, que las tuve que volver a cambiar porque yo ya no estaba en guerra, pero tenía una guerra interna que me había dejado secuelas. Un tipo que era muy extrovertido pasó a ser introvertido, me puse para adentro estar en un estado de hiperalerta, yo podía estar hablando con vos y mirándote así (fijamente a los ojos) y yo sabía lo que estaba haciendo él ( compañero ubicado detrás de él ) que el otro estaba mirando, que él estaba mirando el celular, tu cabeza está continuamente en una alerta constante. En la guerra es un arma de defensa porque uno está en una situación de ataque pero cuando ya volvés y supuestamente volvés a la vida civil retomas tu rumbo, ese rumbo está alterado, entonces hay que volver a conseguir herramientas para volver a estar estable porque tus estructuras ya no son las mismas y a eso después sumale que gracias a Dios el poder ir creciendo, formar familia, tener hijos y ahí está la otra historia también, qué vínculos haces con tus hijos. Yo cuento mi caso, tengo dos hijos, el más grande está viviendo en Barcelona y mi otra hija está acá en Mar del Plata y tengo un nieto, de mi hija. Yo a los 3 años de mi hijo sentí que tenía que hacer un cambio muy grande, porque en un momento me plantean si realmente quería a mi hijo, si era lo que me llenaba y yo no entendía porqué era esa pregunta, en ese momento tenía a mi esposa y me dice, porque no tenes muestras de cariño, el nene te da la mano para caminar y vos no se la tomas, solamente le tomas la mano cuando vas a cruzar la calle, inmediatamente cruzas la calle, largas, lo dejas. Él te busca, te busca y vos lo tenes a la distancia, le digo bue esa visión es tuya, en un momento me pongo a pensar porqué había tanto de eso, y si era así, porque yo no quería tener más pérdidas, esa era la realidad, porque yo tuve la desgracia de perder a mis viejos apenas volví, al año perdí a mi papá y a los dos años perdí a mi vieja. Entonces estaba como guacho en el mundo, a pesar de que tengo dos hermanos pero bueno, yo era muy arraigado con mis viejos, tenía muy buena onda, mucha comunicación, buen vínculo, y esa historia de ponerme para adentro, hizo que me enfriara y no se, mentalmente, eso me decía la psicóloga en algún punto vos te perjuraste que no ibas a tener más pérdidas en tu vida. Era tanto el dolor que me habían provocado que no iba a tener más dolor en mi vida, para no tener más dolor, mira vos cómo trabaja la cabeza, ¿no? Yo no me involucraba afectivamente lo necesario con las personas que yo tenía alrededor, no dejaba pasar un vínculo más, porque no me quería encariñar, no quería sufrir alguna pérdida, por eso digo que pagas después, yo tuve que hacer todo un trabajo vincular con mis hijos, que gracias a Dios lo pude hacer. Cuando empecé a darme cuenta que esa cuestión se iba dando de esa manera, lo primero que hice fue pedir ayuda, yo sabía que no era yo tampoco, yo no había sido criado así, al contrario, yo era muy, muy de familia con mi viejo, con mi vieja, mi hermano después me cargaba y me decía, si vos eras el pollerudo, yo estaba debajo de la falda de mi vieja siempre. Cuando me tocó ser padre eso fue lo primero que tuve que ver, tome distancia con los dos, tenía miedo al apego, yo pensaba y decía no puedo tolerar algo más, me pusieron a prueba en todo, yo esta prueba no la puedo llegar a pasar si les pasa algo.


TJ: ¿Cuándo comenzaste terapia?


Niella: Y mi hijo tenía 3 años y yo tendría 25 años, y doy gracias haberme dado cuenta que yo necesitaba herramientas para trabajar eso porque se me estaban yendo las cosas de la mano. Yo sentía que la vida era día tras día, no podía proyectar mucho más allá y con 25 años también si no proyectas es como que, no se, si esta bien o esta mal, yo lo que digo es que gracias a Dios pude ver esas problemáticas, porque también había momentos donde yo me desconocía, si yo no era así, mis vínculos no eran ser cerrado, al contrario, me gustaba la fiesta, ser partícipe, no aislarme y bueno a mi esa cuestión vinculares que yo necesitaba recuperarlas. Contaba de los demás, no si a fulano, no sabes como está, en el estado que está y hablaba muy verborrágico y un día me acuerdo que ella me dice y Eduardo, vos ¿que sentís? Vos, yo hablaba de los demás no de mí, fíjate hasta qué punto uno quiere evadir, porque ese problema era del otro, era mío, me dice ¿por qué te callas? No se si yo tengo eso, pero no me decís qué sentís, después de varios momentos de terapia, yo nunca pude llorar, la muerte de mis viejos no la lloré, y me emocioné pero siempre reteniendo, el nacimiento de mi hijo, de recibirlo, fue una gran emoción pero siempre contenido, siempre controlando la cosa, yo necesitaba el permiso, no se porqué y me dice yo te doy el permiso para que llores, pero dátelo vos, yo te lo doy, en ese momento me quebré, empecé a llorar y llorar, y ella lo único que hizo fue levantarse y abrazarme, y yo la abrazaba y lloraba y lloraba. Me acuerdo de haber llegado a mi casa, los ojos así ( manos sobre la cara haciendo señal de ojos muy grandes) en su momento le dije a mi señora, me voy a la pieza y me puse a llorar, era tanta la angustia que yo había tenido y llevado en todos esos años, cuando me permití poder largarlo era como que quería desahogarme y te digo que después quedaba como de cama, parece como si me hubieran cagado a palos con una lonja, viste. Pero bueno era como haber destapado esa olla a presión y la verdad que, es que fue un camino de ida, me permití después empezar a trabajar cosas y ponerles nombres a esas cosas y se me hizo mucho mas fácil, mas llevadero, obviamente re pesado porque en realidad si bien Malvinas me había dejado sus huellas de angustia, de desencanto, de dolor, yo tenía que trabajar cosas de mi familia que fueron truncadas por la muerte, yo sabía que yo a mi viejo lo amaba, pero yo no tuve la oportunidad de decirle, viejo te quiero, cuando sentí que lo podía decir se me murió y ese dolor de la muerte de mi viejo hizo también tensionarme, cubrirme y poder acceder a mi vieja, darle otras posibilidades y se me muere también, para mi pasaron muy rápido las cosas y ahí fue un quiebre y me cerré y quedé como si tuviera una piedra encima y sacarme todo eso me llevo mucho tiempo.

Hay un clic en esta cuestión, aparecen en escena los hijos, yo por eso te dije hoy al principio agradezco la posibilidad de darme cuenta que yo necesitaba cambiar cosas porque ese vínculo que pude armar con mi hijo gracias a Dios es lo que hoy me permite poder hablar desparramadamente con él, a pesar que ahora está lejos, en Barcelona, nos

comunicamos; pero bueno antes que él viajara, yo me separe después, pero él venía a la mañana, compartimos mates, charlas, se iba a trabajar, yo me iba al trabajo y después ese vínculo quedó, se fue amalgamando, las cosas fueron tomando su camino, por eso yo creo que cuando nuestros hijos empiezan a tener más nuestra edad, que a su edad estábamos en una guerra yo no lo podía creer viste.


Panaggio: Todo lo que nos costó la postguerra que fue tan difícil, muchas veces de negar o callar que éramos ex combatientes, porque nos daba vergüenza, para algunos habíamos perdido, los loquitos de la guerra.


TJ: ¿ Cómo fue la vuelta?¿ Hubo una bienvenida?


Panaggio: Venía como perdedor, los que estuvimos prisioneros allí, llegamos en tren acá, a medida que íbamos pasando por los pueblos y veíamos las banderas, la gente alentando, en mi caso me empecé a poner mejor, me di cuenta que nos habían estado cuidando, que nos estaban esperando y bien recibidos. Cuando llegamos a Puerto Madryn, la gente estaba afuera del muelle, no los dejaban entrar, los camiones y colectivos estaban todos tapados, con papel, para que no tuviéramos relación con la gente. Ningún medio salió a decir que nosotros llegábamos, pero aun así Mar del Plata estaba lleno, la estación. Ese día se desbordó tanto que nos fuimos cada uno con su familia pero al otro día tuvimos que volver al cuartel, muchos se quedaron ahí, y al poquito tiempo hacer nuevamente guardia. Éramos una mierda nosotros, no nos merecíamos un descanso, un control psicofísico, no les importó nada.


Ressia: El primer barco que llegó fue el 19 de junio, y ahí sí estaba todo el pueblo de Madryn, recibiendo a los soldados, incluso llevaban comida, a los soldados los invitaban a las casas para usar sus teléfonos y comunicarse con sus familias, se les desbordó a los milicos. Por eso cuando nosotros llegamos el 21, estaba todo cerrado y bloqueado, por eso no nos recibieron. Yo incluso tenía una tía allá, quería poder verla para que ella llame a mi familia y le diga que yo había vuelto bien, y no la vi, y yo pensaba, la puta madre, esta gente que no nos viene a ver, y no era eso, es que no los dejaban entrar. Después fuimos al aeropuerto, y de ahí en los colectivos todos tapados, todo eso fue muy oculto, no fue la mejor llegada. Yo me imaginaba los pañuelitos recibiendo a los soldados, pero entramos por la puerta de atrás.


Niella: Haber vuelto en la clandestinidad porque dentro de todo volvimos a oscuras, algunos fueron llegando de a grupos, no hubo una bienvenida masiva, de decir, bueno están acá.


TJ: ¿Qué recuerdan sobre las noticias y los medios con relación a la guerra de Malvinas?


Panaggio: Los diarios hablaban solamente del mundial, nosotros cuando nos enteramos que había perdido Argentina, en mi cabeza corría eso, y lo hablábamos con los chicos, están todos pensando en el mundial, pero no les interesa que nosotros nos estamos cagando a tiros. Yo no me puse a leer mucho cuando llegué, pero sí veía en mi casa, mucha revista Gente. Lo empecé a tratar más e informarme cuando nos empezamos a juntar con los chicos de nuevo para formar esta institución, hace 40 años empezamos a charlar un poco. Yo había empezado la facultad y el tema no se tocaba.


Gustavo Schroeder
Gustavo Schroeder

Schroeder: La parte comunicativa del gobierno de ese momento se encargó de que no se hable más de eso y se instaló el mundial y nadie más hablaba. Los medios estaban intervenidos. Nuestros familiares tenían información por las cartas que les mandábamos, y cuando salían a la calle, y les preguntaban por nosotros, decían y pasan frío, hambre, y la información que le llegaba a la otra parte era que no teníamos ni frío ni hambre, que estábamos preparados que íbamos ganando.


Panaggio: Nuestro padrino es periodista, Cholo Ciano, él nos llevó a nosotros a los medios. Nos abrió los micrófonos, tenía la orden de no dejarnos hablar.


Ressia: Durante la guerra hubo un manejo de información que no era correcto. Se le decía una cosa al pueblo y nosotros vivíamos otra. Pero nosotros allá no nos enteramos nada. Solo una radio que yo la escuchaba y no era lo que estábamos viviendo nosotros. Había una radio uruguaya que esa si daba bien la información. De igual manera yo no le echo la culpa a los medios, es la bajada del poder, del gobierno, ellos manejaban la información. Los medios posteriormente nos ayudaron mucho a nosotros, nadie sabría de nosotros si ellos no nos abrían las puertas.


TJ: ¿Al ver toda esa desinformación qué medidas tomaron ?


Ressia: Yo nunca me callé, yo conté mi historia, a pesar de que nos habían hecho firmar en Campo de Mayo unos documentos como que no podíamos hablar, ni contar las realidades que vivimos allá. Medio una amenaza, medio un aprieto, nos hicieron bañarnos, darnos ropa nueva, afeitarnos para volver acá de otra manera.


Panaggio: Fuimos a una revista llamada “Todo por la patria” y ahí tuvimos varios llamados, al presidente que nos fuéramos de ahí, mucho tiempo estuvimos amenazados.


¿ Qué mensaje les darían a los periodistas o comunicadores que hoy hablan sobre

Malvinas?


Ressia: Que dimos todo, fuimos pibes y volvimos hombres, no nos guardamos nada, no

pudimos ganar para que las islas sigan siendo nuestras porque ellos eran superiores, en hombres en materiales, eran profesionales, no eran soldados. Igual les dimos batalla con

muy poco. Sientan orgullo de nosotros, la guerra no sirve, pero me tocó estar en una. Trabajé mucho para que mis hijos digan con orgullo que su papá era ex combatiente, porque eso antes no era bien visto. Hace poco fui a dar una charla a un colegio y unas de las preguntas que me hicieron fue, qué opinión tenía yo sobre los jóvenes de hoy, si les tocara pasar lo que pasé yo. Hoy no habría una guerra con ustedes porque ustedes no lo permitirían, hoy hay posibilidades de discernir, antes no, había otro gobierno. Esto que están haciendo ustedes de investigar era imposible, eran otros regímenes. No teníamos posibilidad de expresarnos, no estamos educados para decir que no. A los jóvenes y a los adultos también, todos callados. Mi verdad no es la verdad, tienen que averiguar mucho y sacar muchas conclusiones, tienen la posibilidad de ser observadores y eso es un lujo.


"Cuiden lo que tienen hoy porque vale oro esto, de difundir informar y hablar".


TJ: ¿Cómo fueron los comienzos de lo que hoy es este centro de excombatientes?


Niella: Recuerdo patente de haber estado en una reunión a la tarde, y la agencia era una agencia de autos y a través del ventanal, apareció un Falcón ¿qué loco, no? Y yo a la semana recibí una amenaza de una brigada que se llamaba Grupo Cóndor que había resuelto que si me encontraban en la calle era culpable y tenían acceso a poder matarme y esa carta yo la encontré en la puerta de mi casa, mi vieja todavía vivía, yo la retuve y nunca se la mostré. Nosotros éramos vigilados porque éramos un grupo que empezábamos a juntarnos, ellos preguntaban bajó qué cuestiones nos juntábamos, qué es lo que nos llevaba. Sentirte vigilado porque estaban a metros de donde nosotros estábamos, recién los comienzos de dar forma a lo que es hoy el centro de excombatientes. Estábamos todos fichados, ellos tenían información de quién era cada uno a que se dedicaba, quiénes eran los padres, si estabas de novio, sabían todo.


La guerra en primera persona

*Por Morena Escudero


Sentados, en un confortable espacio del Centro de ex soldados combatientes de Malvinas, me encuentro con Pablo Mendoza quien comenzó a recordar la guerra, y para eso nos trasladamos 41 años en el tiempo.


¿Qué sabías de las Islas Malvinas antes de la recuperación del 2 de abril?


En realidad no sabía mucho. Yo sabía que estaban, por el mapa, pero no estaba enterado de que estaban tomadas por los ingleses. Porque yo tengo estudios primarios nada más, hasta séptimo grado y mi vida no estaba basada en eso, era vivir el día a día.


¿Cómo te enteraste que ibas a ir a la guerra?


Una mañana en mi trabajo, llega una camioneta del ejército y yo pensé que era casualidad. En realidad en esa época, no es como ahora que automáticamente miras en los noticieros, había muy poca tele, noticiero, y el boom era leer el diario, cosa que yo no hacía. Llega la camioneta, baja un teniente y, yo lo saludé en tono de “gracia”, le decía ¿que está haciendo mi teniente acá? pensé que era casualidad. Viene con un sobre, me lo entrega y me dice que yo todavía estoy bajo juramento de bandera, que ya había pasado por mi casa y que mi mamá estaba enterada de esta situación. Me dijo que me tenía que presentar ese mismo día antes del anochecer.


¿Cómo fue la despedida con tu familia?


Me pagaron el mes completo en el trabajo, aunque no lo había terminado, y me fui a mi casa. Cuando llego, mi mamá una tristeza, porque ella sí sabía lo que estaba pasando, yo en mi trabajo vivía en mi mundo. Le dije que no se preocupara porque era una cosa cortita que iba y volvía, porque yo ya estaba de baja, ya era civil, que no se preocupara por mí, yo ya no era un soldado le decía. Bueno, no sé si me creyó, pero me fui y esa misma noche llegué.


¿Cómo fue la llegada a la base militar (GADA 601)?


Llego, entrego mi documento, antes en la entrada me saludan y me dicen “usted ya sabe lo que tiene que hacer”. Cuando me dijeron así sabía que tenía que ir a la oficina, entregar mi documento, y ahí me dijeron “a partir de este momento usted vuelve a ser soldado, ya sabe lo que tiene que hacer”, todos te dicen lo mismo. Dejé mi ropa de civil, me entregaron una ropa militar, fui a la armería donde me volvieron a dar el armamento que yo usaba, y a esperar. Al rato nos llaman y nos dan un equipo para el frío que nos parecía raro porque no estábamos acostumbrados a usar esas cosas. Eso fue durante esa misma noche que yo llegué. Al otro día a la mañana, muy temprano, nos subieron a unos a micros, otros a camiones, todas esas cosas y nos llevaron a, en esa época, Palomar ahí a Buenos Aires. Nos subieron a un avión grande, gigante, sin asientos. Nos sentábamos en el piso, yo me sentaba, abría las piernas, el otro se sentaba delante mío y hacía lo mismo para que entren más soldados, y así se ocupó todo el piso. Íbamos súper apretados. Llegamos a Río Gallego, bajamos, y tuvimos que cambiar de avión porque en Malvinas el aeropuerto es chico, tuvimos que distribuirnos en varios aviones más chicos.


¿Y la llegada a Malvinas?


Llegamos a Malvinas a las 5 de la mañana y caminamos 9 kilómetros hasta la ciudad de Malvinas. Ahí estuvimos una noche, dormimos en un corral de ovejas, en un galpón gigante, con muchísimo frío y nos acurrucabamos sobre los atados de lana. Al otro día temprano empezamos a caminar, subir montañas, bajar, y nos fueron distribuyendo en lugares claves. Yo, perteneciente a la compañía A, estábamos separados de la B, la C y así.


¿Cómo era tu relación con los camaradas y superiores?


Mi relación con mis compañeros era muy buena. En la colimba a veces conoces a alguien que vos no sabías que existía, y durante casi un año estas todos los días, te acostas, te dormís, comemos, todo juntos, entonces se logra una relación de amistad muy estrecha. Éramos muy amigos entre todos.

En mi grupo la relación con los superiores militares fue muy respetuosa. Yo era un soldado viejo, reincorporado, entonces tenes un nivel más de relación, como que uno ya sabe lo que tiene que hacer. Los que la pasaron mal eran los chicos incorporados de la clase 63, que tenían uno, dos, o tres meses de instrucción, ni siquiera sabían cómo cargar un fusil. El nivel de exigencia era el mismo para nosotros, y para los chicos recién incorporados. Ellos fueron castigados algunos.


¿Cómo vivió el 1° de mayo?


Hasta el primero de mayo, era todo como una instrucción militar común y corriente, no lo tomábamos tan en serio. El 1° de mayo a las cinco de la mañana, empezó un ataque aéreo. Nosotros eso lo podíamos ver a lo lejos y, aún así, no tomábamos conciencia de que ya comenzaba una guerra, y comenzaba también el bombardeo de los buques, que entraban en las bahías y nos bombardeaban durante la noche; durante el día ataque aéreo.

Cuando empezamos a ver soldados muertos por las bombas y por los ataques aéreos, fuimos tomando conciencia de que realmente era una guerra no esperada para nosotros. Conocer la crudeza fue también tan chocante como para nosotros, como para los militares, porque nadie tenía esa experiencia tan cruda.

Y así algunos resistieron más, otros no tanto, depende el carácter que tenían o la forma en la que se lo tomaban. Yo lo tomé con mucho odio, odio a la situación que estaba viviendo, odio por lo que le pasó a mi amigo, que lo conocí por mucho tiempo y ahora estaba en fila en el piso uno al lado del otro con los chicos muertos. Y al verlo ahí es difícil, esa situación no es fácil para ninguno. Algunos les causaba un poco más el temor de que no sea lastimado, y otros tomábamos odio de la situación, y eso te daba coraje, coraje que vos no conocías que lo tenías. En esa época conocí lo que te permite hacer la guerra, te permite sacar cosas que vos no tenías pensado hacer, y así con muchos.


¿Cuál y cómo fue tu primer contacto con los británicos?


Yo fui francotirador, mi primer contacto fue a distancia, lo que hace un francotirador, a distancia. Lo más cerca que los tuve habrá sido unos 60 metros hasta que me tomaron prisionero.

Nos escuchábamos, yo escuchaba lo que los ingleses nos decían, y ellos escuchaban lo que nosotros les decíamos; nada era bueno, tenías permiso de decirles y hacer todo lo que podías hacer, eso daba coraje y daba orgullo. Daba orgullo porque mi amigo, como muchos otros conocidos, no estaban a mí lado, esa era mi bronca. Cada vez que yo apretaba la cola del disparador era “ahí va para vos”


¿Qué fue lo que más pensabas en los tiempos de combate?


Cuando había respiro de un combate tras otro, porque los últimos tiempos fue muy terrible, nunca dejé de pensar en mi mamá, yo sabía que ella estaba triste y la situación que ella vivía, la conozco tanto. Era una mujer de campo, anticuada, apocadita, no hablaba mucho pero si cuando me retaba. Mi papá falleció cuando yo tenía cuatro años; mi mamá nunca se volvió a casar y yo creo que lo extrañó hasta su último día, te dabas cuenta cuando hablaba de él. Yo sabía cómo estaba ella, en ningún momento dejé de pensarla. A veces era tanto bombardeo que yo decía, el próximo me cae a mí encima. Sentía olor a tierra quemada, sentía que me caía piedra, barro, el sonido de las bombas era insoportable, me quedaba un zumbido en la cabeza que era incontrolable. Eso sacaba lo peor de mí, en el sentido de tener maldad con mis amigos, pero sí me ayudaba a resistir una guerra.


¿Cómo te enteraste del cese de fuego?¿Qué sentiste?


En realidad nunca hubo un cese de fuego. Nos enteramos que el Papa había llegado a Buenos Aires y que ese día hubo un comunicado de cese de fuego, pero el comunicado lo teníamos nosotros. Allá nunca hubo un cese de fuego, en ningún momento. Los ingleses no hacían cese de fuego y, por supuesto, nosotros tampoco podíamos dejar de hacerlo. Así sucedió. Lo sentí como un día más, un día más para mí y para todos. Nadie tenía esperanza de decir, bueno, va a llegar el Papa y va a haber un cese de fuego, no, no

sucedió eso, al menos en donde yo estaba.


¿Cómo y en qué volviste al continente?


Terminó, me tomaron prisionero. Estuve dos días y una noche en un corral, empezó a nevar, la nieve me estaba llegando a las rodillas, no nos podíamos mover.

Una noche nos subieron a un barquito chiquito y nos llevaron a un barco enorme; nos subimos a la madrugada y al otro día comenzó a navegar hacía Puerto Madryn. Estuvimos creo que tres días navegando y nos desembarcaron ahí. Desde que llegué a Malvinas, hasta que me subieron en el barco, ahí recién pude conocer una ducha después de que salí del regimiento. En Malvinas no te podías duchar. Una vez intenté lavarme la cara, pero el frío era tanto; el viento te hacía caminar de tan fuerte que era, la lluvia no cesaba nunca, si no llovía, lloviznaba, o era una nubosidad intensa que te mojaba igual. Después nos llevaron a Campo de Mayo, ahí estuvimos dos días en control

psiquiátrico para ver si estábamos aptos para adaptarnos a la vida civil. Eso fue un protocolo, porque todos nos fuimos, no quedó nadie, algunos habrán quedado pero no muchos. La cosa era sacarnos de encima.


¿Cómo y quienes te recibieron?


Cuando llego a La Plata, a mí lo único que me importaba era irme a mi casa. Nunca pensé que mi mamá iba a ir a ese lugar porque era una mujer que tenía problemas, tenía cáncer, y fue con una vecina. Había tanto amontonamiento de gente cuando salimos del regimiento, y había un señor con un megáfono en la puerta, vos llegabas y le decías, soy Carlitos, entonces él decía “la mamá de Carlitos, la mamá de Carlitos”. Yo llegué, le dije mi nombre, el de mi mamá, esperamos un rato, capaz pasaron segundos, pero para mí eran eternos, entonces le pedí si lo podía volver a repetir. Pero entre tanta gente era imposible pasar, o, entre tanto griterío no se escuchaba. La tercera vez que le pedí que lo repita, lo hizo, esperé diez segundos y empecé a caminar a la estación de tren. Cuando empiezo a caminar, la mamá fue a buscar a un amigo en un Fiat 600 que andaba perfectamente pero iba a una velocidad muy baja. Y me dice “Vamos que te llevo, Pablo”, le digo que no, que quería ir a la estación porque tenía un presentimiento, pero él insistió en llevarme así veía más rápido a mi mamá. Me subí al Fiat, iba a una velocidad en la ruta que tenía ganas de bajarme y empujarlo en mi desesperación.

Llego a mi casa, estaba mi hermana, le pregunté por mi mamá y me dijo que me había ido a buscar. Se me aflojaron las piernas, me tuve que arrodillar, la visión se me hizo oscura y me tuve que caer al piso porque no podía mantenerme. Bueno, me recuperé, tomé agua, dejé mi equipo y uniformado como estaba me fui a la estación. Mamá de La Plata tomó el último tren y yo ya había llegado antes, y ese tren se me hacía eterno, no llegaba más. Cuando llega, bajaba toda la gente y yo me puse adelante de todo cerca de la máquina para ver los vagones, tratando de ver donde bajaba mi mamá. Estaba terminando de bajar la gente y por ahí tres personas estaban ayudando a alguien a bajar, era mi mamá. Estaba destrozada, ella pensaba que yo había muerto porque no me encontró. Me acerqué y ella comenzó a llorar, se arrodilló y empezó a rezar, me ponía una mano en el pecho y me acariciaba con la otra mano la mía. Después me di cuenta que ella estaba agradeciendo.

Muchas mamás fueron, que no tenían comunicación, y los chicos habían muerto. Aún sabiendo que habían muerto, porque le habían comunicado antes, aún así iban a buscarlos.


¿Cómo te sentías?


Confundido, me sentí confundido porque en mi familia respetaban mi silencio, yo no quería hablar de Malvinas y ellos lo respetaban. Fue muy difícil adaptarme porque esquivaba las miradas para no tener que contarles lo que yo había pasado. No quería causarle un malestar a mi mamá, ella estaba muy enferma. Mis madrugadas, la soledad, eran mi secreto. No podía hablar porque sabía que me iban a agarrar congojas, y si me agarraban congojas mi mamá iba a sufrir. Y en el trabajo me costaba concentrarme, mucho menos podía hablar de Malvinas. A mí lo que me fastidiaba eran las preguntas, eran tan pesadas como el bombardeo. Las preguntas te hacen revivir cosas que vos no querías recordar, no querías ver. Cuando te acostabas y cerrabas los ojos, veía todo lo que me había pasado. Dormía poco, iba al trabajo, rendía poco, se daban cuenta que yo no estaba bien, pero las preguntas, no paraban las preguntas, tuve que renunciar. Los primeros nueve años fueron no tan fáciles para nosotros.

Cuando conocí acá... En el centro de ex combatientes, como que recuperé a Pablo, me recuperé a mi mismo porque cuando me jubilé, tuve tiempo para pensar sobre mí, analizar las cosas. Tuve que hacer un tratamiento psiquiátrico, y acá hay un grupo de contención que vos podés hablar con tus amigos, con tus pares, que sufrieron lo mismo que vos. Es una relación muy estrecha en el sentido de que hay hermandad, nos cuidamos unos a otros y nos va bien.


¿Tuviste o tenes alguna enfermedad, dificultad, marca, vinculada con la experiencia de guerra?


Nosotros, el 7 de infantería, estuvimos en Monte Kent, Dos Hermanas y en Monte Longdon. En Monte Longdon, el 13 y el 14 de junio, fue uno de los episodios más sangrientos y tuve la mala suerte de estar ahí como muchos de mis amigos. En el bombardeo estalló tan fuerte, que yo iba corriendo con otro muchacho, cae una bomba tan cerca al lado que nos levanta un calor. La onda expansiva es como que te invade, te abraza un viento caliente y automáticamente te domina, perdés totalmente el control de tu cuerpo. Esa onda expansiva hace con vos lo que quiere, te levanta del piso y como que te trae, vos sentís que tu cuerpo se comprime y a la vez te expulsa y vas sin control a donde choques. Bueno, nos tiró muchísimo, caímos contra las piedras y todo. Escuchaba en estéreo, ves que te hablan pero a la vez no sabes cuál sonido es el real. Perdí el 80% del oído izquierdo.

Cuando una bomba estalla expande esquirlas, que son como unas porciones de pizza chiquitas pero de metal, es un triángulo. Son tan filosas que atraviesa tierra, atraviesa muchas cosas que no tengan grandes resistencias. Bueno, yo estaba en el bombardeo en una noche y atraviesa y me clava una esquirla en el pecho. La pared de barro que atravesó fue frenando la velocidad y a la vez lo fue enfriando. Cuando se introduce acá, no tan profundo porque quedó de donde poder agarrarlo, atraviesa mi ropa, todo, pero ya no estaba tan caliente. Normalmente eso está casi a una temperatura que no lo podes tocar, pero el barro lo fue enfriando. Me entró una en el pecho y otra en la pierna, pudimos sacarla.


¿Qué significó para vos la guerra de Malvinas?


Llegué a Malvinas, no tenía idea realmente lo que podía pasar. Nosotros cuando nos juntamos, o en algún acto, siempre gritamos honor y gloria, esas palabras significan mucho para nosotros. Sentimos orgullo de haber hecho lo que hicimos por nuestro país, sentimos orgullo de darle algo inesperado a alguien que pensaba que la guerra iba a durar dos días, y no fue así, nosotros les dimos tanto combate como cualquier ejército bien formado. Nosotros no estábamos bien formados, pero lo que hay es patriotismo, en cada chico de 18 años brotó patriotismo. Eso significa para mi.


¿Qué pensas acerca de las maneras en que el resto de los argentinos interpretaron la guerra de Malvinas?


Me acuerdo cuando me incorporaron a Malvinas, el presidente de ese entonces, Galtieri, dijo “Vamos a la guerra”, y la gente festejaba como en un mundial. Bueno, yo estaba incorporado dentro, a punto de subirme al camión, y ni siquiera nosotros teníamos crudamente eso que decía la gente. Yo era el que iba a la guerra pero no tenía conciencia de lo que la gente pedía y de lo que yo iba a hacer. Éramos inexpertos, todos, la gente civil, el conscripto, el periodismo, todos éramos inexpertos de una guerra cruda, real. Así que no me corresponde, y tampoco lo haría, criticar a alguien que dijo “¡si,vayamos a la guerra!” sabiendo que él no iba, porque ni siquiera yo sabía.

Cuando volvimos, mucha gente nos hizo saber que fuimos nosotros los que entregamos las islas, que podríamos haber hecho más. Pero esa gente yo creo que no tienen conciencia de lo que están diciendo, porque la realidad es otra, la crudeza y todo, es otra. Lo dicen sin saber, pero eso va quedando en el aire y va jodiendo durante muchísimos años, hasta el día de hoy.


¿Volverías a Malvinas?


Cuando llegué, había una bandera gigante Argentina, si cierro los ojos la veo. Cuando me fui había una bandera chiquita, pequeña, pero era británica. Me fui llorando, lloré tanto por mis amigos, por mí mismo, por mi mamá, por mi país, no te das una idea de la cantidad de lágrimas que derramé. Y hoy en día me pongo a pensar, y es un pasado pero a la vez no. Son fotos que van a quedar en mí toda mi vida, esa es la realidad.

Yo soy argentino, agradezco ser argentino. No voy a volver a Malvinas hasta que no tenga la bandera Argentina. No tengo reproche con nadie, absolutamente con nadie. Fue una situación, el destino, y lo tuve que hacer, nada más. No es que nadie elige hacerlo, sucedió, y bueno, pasó. Lamento por mis amigos que quedaron allá, hasta el día de hoy yo los recuerdo con caritas de chicos de 18 años, yo así los dejé de ver, y así va a estar en mí toda mi vida.





 
 
 

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