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Tragedia en Once: El trauma que siguió cuando el tren se detuvo

  • Foto del escritor: Tinta Joven Argentina al descubierto
    Tinta Joven Argentina al descubierto
  • 8 nov 2025
  • 11 Min. de lectura

La tragedia en primera persona resignifica lo vivido. Un abordaje desde las consecuencias físicas y psicológicas, el rescate, el trauma y el rol del Estado. 


*Por Olivia Battiata, Valentina Fancio, Ailen Garavagno

Edición: Lic. María Verónica Riedel


El 22 de febrero de 2012, una formación del ferrocarril Sarmiento, en la ciudad de Buenos Aires, colisionó contra un andén en la estación de Once provocando la muerte de 51 personas (más la de un bebé por nacer) y dejando 789 heridos. En consecuencia, esta fue denominada como la tragedia ferroviaria más grande de la Argentina. 


María Luján Rey, directora general del Observatorio de Víctimas de Delitos HCDN, ex diputada nacional del PRO, docente y madre de Lucas Menghini Rey, fallecido en la colisión, relató, en primera persona, el acontecimiento.


Lejos de arrojar culpas sobre el maquinista Marcos Córdoba, María Luján puso el foco sobre el fallido operativo de rescate. Tres días de búsqueda y ninguna respuesta; un hallazgo entre el tercer y cuarto vagón, un cuerpo, el de Lucas Menghini Rey, que más que contestar una pregunta, singularizó la herida colectiva que había dejado la tragedia en un caso puntual: su vida. 


Su voz y su cara recorrieron los noticieros durante las cincuenta y siete horas posteriores al choque. Lucas, El Chimu, como lo apodaban sus allegados, fue el rostro que ilustró el incidente. Pero fueron los ojos de su madre, María Luján, espejo de los ojos de otras madres, tías y hermanas de las cincuenta y dos víctimas fatales, los que cristalizaron el hecho como un acontecimiento bisagra.


Hoy, a más de trece años del sangriento desenlace, es posible reconstruir el camino de una búsqueda, la última víctima encontrada, a través de su madre. Una imagen se repite, archivo por archivo, una mujer habla a cámara y, sin requerimiento alguno de pretender culpables, pide a los periodistas que la ayuden. 


La búsqueda no se trató de un recorrido rectilíneo hacia el descubrimiento, sino de sucesivas noches sin dormir, de tres días que fueron uno, de una incertidumbre que se llevaba en la piel y un cansancio en la voz que reiteradas veces repetía cuándo lo había visto por última vez y cómo iba vestido: “Tenía una remera verde agua, un jean, chupín, oscuro y unas zapatillas azules”. Luján, advertía, también, que era probable que no llevara los documentos consigo y que esa era la causa de no poder identificarlo.


Más tarde, llegaron los rumores, gente que decía haberlo visto en el momento previo a subir, bajando en alguna estación o en un hospital. Al esfuerzo que requería desmentir las desinformaciones, se sumó la intención de ponerle un precio al silencio de María Luján, inmediatamente después del entierro de su hijo. En un acto casi premonitorio, Lucas, que era un aficionado a la música, había escrito en una de sus canciones: “No, no nos pueden comprar. No deben corrompernos, informaciones falsas que empañan la visión”.


El joven de veinte años, y padre de una niña de cuatro, había tocado con su banda de rock Los Chimeneas la noche anterior a la tragedia. Todas las mañanas tomaba el tren en San Antonio de Padua para dirigirse a su trabajo en un call center y esa no fue la excepción. 


Paolo Menghini, el papá de Lucas, trabajaba en la TV Pública cuando se enteró que algo había sucedido con el tren que iba a Once y decidió llamar a María Luján. Ese llamado telefónico sembró la sospecha sobre la probabilidad de que estuviera herido. Dos días después se confirmó lo que Paolo había visto por las cámaras de seguridad de la estación, que su hijo había estado a bordo del chapa 16.


En cuanto a los culpables se señalan muchos nombres. El principal de ellos es, para María Luján, el Estado, ya que le adjudica la culpa a la gestión de Cristina Fernández de Kirchner junto con su respectivo gabinete. 


Hay quienes afirman firmemente que fue la tragedia más anunciada de la historia argentina, debido a las condiciones en las que se encontraba la estación de tren durante el mandato del kirchnerismo. Rey afirmó que “la falta de mantenimiento en los trenes se sabía, se veía y se sufría todos los días’’.


También describió que siempre se viajaba con los trenes abarrotados de personas por la poca frecuencia, los pasajeros iban parados, las puertas quedaban abiertas mientras el tren seguía en movimiento y había agujeros en el piso por donde se podían ver las vías. Los usuarios sufrían todos los días la falta de mantenimiento, y era de público conocimiento el estado de los trenes, inclusive por los mismos trabajadores ferroviarios. 


Una trabajadora de la Estación Ferroautomotora María Eva Duarte de Perón de Mar del Plata, que tiene más de 30 años de experiencia, afirmó que la causa de la tragedia había sido la falta de cuidado en la estación: “Lo que ha fallado ahí fue la parte de mantenimiento. Mantenimiento no solamente en el material rodante, sino también mantenimiento en las parte de vías; el exceso de llevar mucha gente. Hay países en los que la gente va sentada, no va como si fuese ganado’’. 


María Luján mencionó que el gobierno aprovechó cualquier oportunidad para no hacerse cargo de lo sucedido. ‘’Hay algo que es indelegable y es la responsabilidad que tiene el Estado Nacional sobre los trenes. En primer lugar, sobre los trenes porque son un bien y un patrimonio de todos los argentinos, más allá de que se concesione o que se privatice. No hay que confundir porque una privatización no es una venta de los trenes. Es como si vos tenés tu casa y la ponés en alquiler, la casa sigue siendo tuya, por más que la esté usando un inquilino, la casa es tuya”.


Según una nota publicada en la BBC en 2013, la tragedia ocurrió cuando los trenes argentinos estaban en manos de la empresa privada Trenes de Buenos Aires SA. Sin embargo, ello no garantizó un mejor mantenimiento, pues el Estado todavía seguía siendo dueño de la infraestructura y el material rodante. 


La trabajadora de la terminal marplatense hizo referencias sobre la responsabilidad que tuvo el Estado, dijo que: ‘’El Estado también puede, el tema es si quiere’’. Esto evidencia una idea muy clara: el mismo no se hizo cargo antes, durante ni después de la tragedia.


No se menciona la palabra accidente cuando se habla de este caso ya que un accidente, según el Instituto Nacional de Estadística es un acontecimiento fortuito e imprevisto que sobreviene al individuo y le produce un daño corporal identificable. Por ende, un accidente es inevitable pero, para María Luján: “Esto sí se podría haber evitado’’, por eso prefiere denominar al suceso como una tragedia


Las secuelas psicológicas marcaron a los sobrevivientes, familiares de víctimas e, incluso, a la sociedad en su conjunto. Los traumas estaban destinados a hacerse presentes para atormentar durante años a quienes presenciaron el acontecimiento. 


María Luján cree que el choque ferroviario produjo un congelamiento en la sociedad y exclamó: ‘’Sí, tremendo. Ahora… bueno, pasó tiempo y entonces uno por ahí de esas cosas se olvida, pero sí’’.


Romina Belli, psicóloga especialista en depresión, estrés y duelo graduada de la Universidad de Morón, señaló que la tragedia había traído consigo un trauma colectivo. “¿Cuántos de nosotros al escuchar ese accidente empezamos a elegir no estar en los vagones de adelante?" preguntó y explicó que estos sucesos vividos nos cambian como sociedad, afectan y modifican. “Trauma no es el hecho, es la inscripción de ese hecho en el aparato psíquico y es de índole absolutamente singular. Como sociedad comenzamos a resignificar miedos colectivos y esta tragedia indudablemente conforma un trauma colectivo, tomando una huella singular en cada uno de los individuos”, explicó.


Por su parte la psicóloga Yanina Valle, especialista en traumas y apego graduada de la UBA, diferenció cuatro posibles clasificaciones de traumas: Traumas tipo I, tipo II, Traumas con “T” mayúscula y traumas con “t” minúscula. Remarcó que no todo evento doloroso es necesariamente identificado como un trauma, sino que debe cumplir ciertas características para ser considerado como tal. Recuerdos intrusivos, evitación de lugares o temas asociados, hipervigilancia, alteraciones del sueño, ataques de pánico, ansiedad, irritabilidad, depresión o síntomas físicos sin explicación médica clara. Afirmó que “lo que lo define (al trauma) no es el hecho en sí mismo, sino el impacto subjetivo en el psiquismo y la capacidad de procesamiento de la persona’’.


Maria Luján relató que, después de la tragedia, hubo mucha gente que cambió su lugar de residencia para, de esta manera, evitar tomar el tren para ir a trabajar. Inclusive, si mudarse no era una opción debido a cuestiones económicas, algunos optaban por cambiar directamente de trabajo y buscar uno más cerca de su residencia


En contraposición, la trabajadora de la estación ‘’Evita’’ admitió que si bien mucha gente pudo haber quedado traumada, cuantitativamente no hubo disminución de pasajeros en viajes posteriores pues el flujo de gente seguía siendo constante. 


Pero para María Luján, quien vivió en primera persona y presenció a través de sus propios ojos, el terror en la cara de los sobrevivientes, el llanto de las familias y la impotencia de no encontrar a su hijo, sí hubo consecuencias negativas en la utilización de los trenes en los días, inclusive meses, posteriores. “Hubo gente que no pudo volver a subirse a un tren, fue tremendo. El daño es inconmensurable porque uno habla de números y estos números tampoco reflejan la realidad’’. 


La Ley Nacional de Salud Mental (26.657), sancionada en 2010, establece que la salud mental es un derecho humano y que el Estado debe garantizar dispositivos de atención, especialmente en situaciones de emergencia y catástrofe. Según la experiencia de la psicóloga Valle: “...en la práctica, la respuesta estatal suele ser insuficiente, fragmentada o limitada en el tiempo’’.  


En el momento en el que sucedió la tragedia, la ley ya estaba vigente en el país, pero no fue aplicada, a pesar de la magnitud y la desmesurada cobertura mediática que recibió. 

“El gobierno nacional lo primero que intentó hacer fue silenciarnos, convocarnos para que nos calláramos, ofrecernos plata, cosas para que quedara todo ahí. Cuando encontró que éramos un grupo que a pesar de las diferencias que podíamos tener no íbamos a querer nada más que saber la verdad y que se hiciera justicia, decidieron colocarnos en el lugar de enemigos públicos (...). Entonces, a partir de ahí fue que nunca nadie recibió apoyo de ningún tipo, ni económico para aquellos que han perdido el sostén del hogar, ni médico para aquellos que han tenido que afrontar operaciones y conseguir prótesis, ni psicológicos para sobrevivientes (...), no tuvimos ningún tipo de contención”, sentenció María Luján.


Según la perspectiva de la psicóloga Valle, el Estado argentino tiene “una gran deuda debido a que no alcanza con simplemente ofrecer un operativo de contención inmediata luego del hecho para, seguidamente,  finalizarlo”. Al tiempo que sostuvo "...el Estado no cuenta con profesionales capacitados para esto, habitualmente por los malos pagos, volviendo este tipo de terapia para unos pocos. La realidad es que sin un especialista en trauma en vez de mejorar la salud, la puede empeorar’’. 


En consecuencia, para María Luján no hubo sólo 52 muertos. La falta de apoyo psicológico hizo que, posteriormente, muchos de los involucrados (tanto sobrevivientes como familiares) se suicidaran por lo que les tocó vivir y por no haber tenido las herramientas adecuadas para trabajar y superar su trauma. “Y sí, hubo suicidios, hubo enfermedades que devienen de la tristeza, del shock, del trauma, de la depresión. Entonces los 52 muertos y los casi 800 heridos son un número como un piso y, a partir de ahí, se puede sumar y creo que el techo es el cielo porque la verdad no se puede calcular el daño que se ha hecho”, admitió Rey.


En cuanto a la formación profesional de Valle y su experiencia “el trauma no se borra como si nunca hubiera existido. Lo que buscamos en terapia es integrar la experiencia, para que deje de tener el control absoluto sobre la vida de la persona’’. Lamentablemente, hay veces que ese control se hace más fuerte que la propia voluntad de la persona, lo que desemboca en la decisión de terminar con la vida, pues se vuelve imposible pensar en una alternativa mejor. Las muertes provocadas por la tragedia no se limitan al mero impacto del tren, sino que los traumas posteriores desencadenaron suicidios. 


La perspectiva de María Luján es la vivencia de una madre que ha atravesado por uno de los peores escenarios de la vida: perder a un hijo. Esto invita a que se abra un interrogante en donde se analiza la posibilidad de que sus declaraciones estén sesgadas por su propia experiencia personal y su marcada ideología política en contra del gobierno de turno de aquel entonces. 


Gregorio Dalbón, graduado de la UBA, cumplió el rol de abogado querellante en el juicio de la tragedia de Once representando a 360 víctimas, entre ellas algunos sobrevivientes y familiares de los fallecidos. Dalbón fue muy crítico con Rey durante las estancias del juicio para condenar a los principales responsables, entre los que se encontraban: Marcos Córdoba (el motorman), Julio de Vido (Ministro de Planificación Federal de Argentina durante el gobierno kirchnerista) y Ricardo Jaime (ex secretario de Transporte de la Nación). 


El conflicto entre Rey y Dalbón nace de posiciones contrarias en cuanto a las acusaciones realizadas en los Tribunales. Para el abogado, el maquinista era uno de los mayores responsables, pues insistió en que este tenía la obligación de frenar el tren antes. Por otro lado, para Rey, Marcos Córdoba si era culpable, pero el volcar toda la atención en este para dejar en segundo plano la administración del gobierno era una forma de contribuir a la corrupción. 


En 2014, Dalbón fue acusado por María Luján por actuar en favor de los acusados, es decir, la presidenta Cristina Fernández y su gabinete. Ante estas acusaciones, el abogado dio varias declaraciones a los medios, entre ellas: “La señora tiene un enojo propio de lo que le sucedió y la comprendo y la respeto. Pero no voy a tolerar que diga que me doy vuelta (...). Persigo la verdad y no la conveniencia. Y la verdad está en la pericia mecánica que informa que el tren podía frenar y en que Marcos Córdoba no pudo decir nada sobre los últimos 300 metros de recorrido”.


Agregó, además: “María Luján Rey es una víctima, pero ella debe saber que es una de las víctimas y la familiar de una víctima, pero que hay otras 50 y que no puede hablar de todas ellas. Las víctimas que represento no piensan igual que ella y esto no debiera ofenderla”.


Este hecho hizo que María Luján declarara que siempre había sido evidente que el abogado era funcional al gobierno de Cristina, a lo que este respondió: "... Quizás en su mente pensó que yo tenía que ver con el gobierno, pero yo jamás voté al kirchnerismo y jamás los votaría". 


Actualmente, el abogado milita en sus redes sociales por la libertad de la ex presidenta con el hashtag #CRISTINALIBRE, condenada en 2025 a seis años de prisión domiciliaria tras ser declarada culpable en la causa Vialidad. 


Las acciones del maquinista hacen que hoy él mismo sea uno de los culpables claves, aunque no el único. El Estado y la negligencia abordada por Rey son un factor a considerar para sentenciar a los responsables. 


Ella y otras familias fueron las figuras protagonistas en las marchas pidiendo justicia. María Luján, una de las voceras principales de la causa, fue y será una de las caras más recordadas en los medios durante aquellos años.


Su lucha no fue fácil, muchas veces se vio amenazada por gente poderosa, perteneciente al gobierno, que pretendían sobornarla para que abandonara el caso, pero, como ella declaró: "...acababa de enterrar a mi hijo, así que que no sé a qué le podía tener miedo".


No solo fue atormentada por el trauma, al igual que muchos otros, sino que también tuvo que lidiar con el desprestigio hacia su persona, hacia la de los fallecidos y sus respectivas familias. Ella sostuvo que para los altos cargos gubernamentales, la gente que viajaba en el tren de la línea Sarmiento aquel verano de 2012 era gente pobre, trabajadora, de clase media y que, por ser pobre, tenía un precio que podría saldarse a cambio del silencio. "...Ellos no tenían en cuenta la variable dignidad y estoy convencida de que todos los que viajaban en ese tren no tenían un precio, sino que tenemos valor,  que es algo que es muy distinto y que evidentemente esta gente no comprende, no entiende".


 
 
 

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