Yiya Murano: entre el té y la traición
- Tinta Joven Argentina al descubierto
- 25 oct 2024
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 29 oct 2024
Cianuro y confianza. La macabra estrategia de una mujer que engañó y mató a sus amigas.
Redacción: Brisa Galea, Paula Márquez, Gianella Rodrigo y Karen Lazenkov
Edición: Lic. Verónica Riedel
Yiya Murano, conocida como ‘’La envenenadora de Montserrat’’, ganó notoriedad en la década de 1970 al asesinar a varias de sus amigas envenenándolas con cianuro dispuesto en una taza de té. Este caso de traición y manipulación revela cómo la confianza puede convertirse en un arma mortal, dejando una marca imborrable en la sociedad argentina.

El peligro acechaba en cada encuentro: la mirada detrás de la inocencia
María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano alias Yiya Murano nació el 20 de mayo de 1930 en la provincia de Corrientes, Argentina. Fue prestamista y asesina en serie organizada, motivada por el lucro, acusada de tres cargos de homicidio y estafa en el año 1979. Su caso policial es uno de los más famosos en la historia criminalista argentina, tomando mucha repercusión y manteniéndose a lo largo de los años.
Yiya Murano contrajo matrimonio en 1953 con el abogado Antonio Murano (1916 - 1985), con quien tuvo a su único hijo Martín Murano. Además tenía un hermano que era militar del ejército que llegó a ser general.
Yiya mantenía con frecuencia relaciones extramatrimoniales y se le conocieron varios amantes. Ella se jactaba de haberse acostado con más de 250 hombres. Incluso algunos de sus amantes llegaron a encubrirla de buena fe cuando la Cámara de Apelaciones revocó la libertad concedida por un Juzgado de Primera Instancia y ordenó su captura.
Desde la mente criminal: los pasos de Yiya Murano para ejecutar sus atroces actos
Yiya envenenó con cianuro en hebras diluido en té y masitas finas a sus amigas Nilda Gamba, Lelia Formisano de Ayala y a su prima Carmen Zulema del Giorgio Venturini. Los crímenes ocurrieron entre el 11 de febrero y el 24 de marzo de 1979.

El motivo por el cual las mató fue para no saldar una deuda económica que tenía con ellas. Yiya les debía plata por un negocio que les había propuesto, pero que en definitiva era una estafa. Las mató con cianuro, ese veneno cuyo olor y sabor comparan con las almendras negras. Lo curioso es que Yiya las cuidaba hasta en su agonía y era la que demostraba mucha pena en los velorios aunque lo hacía sin lágrimas.
Su hijo Martín Murano, confesó: “Me quiso matar cuando yo tenía diez años. Vi que le puso un líquido de un frasquito que ocultó. Me iba a dar el pedazo de torta pero a último momento no me lo dio. No se arrepintió, simplemente no se animó a dármela, que es muy distinto”.
Los otros dos crímenes que supuestamente planeó fueron los de su último marido, Julio Banín, que había quedado ciego y conoció a Yiya en un colectivo, y su hija Julia Benín.
Hace cuatro años salió a la luz la denuncia mediática de Julia, su hijastra, quien reveló que Yiya intentó envenenar a su padre Julio y a ella: “Creemos que le puso veneno para ratas a los fideos”. Además reveló que la envenenadora les robó los ahorros a su esposo: “Guardaba la plata en una caja. Ella reemplazó los billetes por diarios recortados’’.
Por otro lado, los policías y agentes judiciales que participaron de la pesquisa estaban convencidos de que la mujer no actuó sola. Sospechaban de un médico que habría actuado de cómplice o de un hombre que consiguió que un médico suministrara los frascos de cianuro que ella utilizó para cometer el triple crimen.
Alternativamente hubo un sospechoso, se trataba de un amante de la asesina. Los testigos también se refirieron a un hombre que fue visto correr por las escaleras desde la casa de una de las víctimas.
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’Yiya’’, como le decían sus amigos, habló horas y horas en su declaración, siempre sostuvo su inocencia. Para toda prueba en su contra, ella siempre dio una explicación.
Sin embargo ante el juez Pérez, pareció quebrarse:‘’Esta bien, voy a decir la verdad’’estableció. Yiya, que para ese entonces ya era conocida como ‘’La envenenadora de Monserrat’’, alzó la vista e indicando el crucifijo que colgaba de la pared del despacho del juez, sentenció: ‘’Esa es mi única verdad’’.

La detuvieron por primera vez el 30 de abril de 1979, y aunque el juez Pérez la procesó con prisión preventiva, en 1982 un juez de sentencia la declaró inocente, por lo que el 15 de junio de ese año recuperó su libertad. Yiya permaneció tres años en la calle, hasta que el 16 de mayo de 1985 la Sala III de la Cámara de Apelaciones la condenó a prisión perpetua.
La sentencia fue por los tres homicidios agravados por haber usado veneno, y también por el delito de estafas reiteradas.
Murano volvió a la cárcel, pero el llamado ‘’2x1’’, el cual hacía referencia a la Ley 24.390 la cual permitía prorrogar la detención un año más en casos de múltiples delitos o causas complejas (art. 1), le corrió a favor y al momento de la condena, los jueces consideraron que ya había cumplido 4 años, 8 meses y 15 días de prisión. Finalmente, ‘’La Murano’’, recuperó su libertad en el año 1993, luego de que el entonces presidente Carlos Menem le conmutara la pena.
Diana María Venturini es hija de Carmen Zulema “Mema”, una de las víctimas. En declaraciones para Tinta Joven contó: "El

24 de marzo, mi mamá, Carmen Zulema “Mema” del Giorgio Venturini, empezó a sentirse mal, con náuseas y un profundo malestar. Estaba muy débil y, apenas pudiendo caminar trató de llegar al pasillo del edificio. Pero el vértigo la venció y terminó cayendo, haciendo un ruido fuerte que alertó a los vecinos, quienes corrieron a ayudarla".
Diana relató que justo en ese momento apareció Yiya Murano, y les preguntó a los vecinos si su mamá había dicho algo antes de desmayarse. Cuando la ambulancia la estaba trasladando al hospital, y mientras ella ya se estaba muriendo, Yiya le preguntó al médico si sería necesaria una autopsia.
Después, cuando Diana organizaba las cosas de su mamá, se dio cuenta de que faltaban unos pagarés, los que se habían extendido como garantía de unos depósitos que Yiya Murano tenía con ella. "Esto me pareció muy raro, así que le pregunté al portero del edificio si recordaba algo. Me dijo que le había entregado las llaves del departamento a Yiya justo después del incidente, porque supuestamente iba a hacer unas llamadas a la familia, llamadas que nunca se hicieron", recordó.
En la causa Nº 7779/79 hubo tres informes: el de los psiquiatras forenses, el de la trabajadora social y el de un perito convocado por su defensa. Los cuales establecen los rasgos de Murano, tales eran: personalidad polifacética en la que se destacan componentes histéricos, paranoides y perversos. Posee peligrosidad social, dice el dictamen firmado por cinco peritos forenses de la Corte en la que se la describe como una persona fabuladora, exquisitamente perceptiva de las personas y las cosas que la rodean. Afectivamente fría, seductora e impulsiva. Intenta dominar la situación con conductas seductoras y psicopáticas. Y rematan: necesidad de poder y dominio. Afectividad egocéntrica y narcisista. Frialdad emocional. Conflictiva psico sexual con indicadores de perversión.

Pruebas que desvelan la inquietante verdad de una mente criminal.
Los últimos años de Yiya Murano luego de recuperar su libertad
A partir de su salida en libertad en 1993, la envenenadora de Monserrat no tardó en volver a estar en boca de toda la Argentina ya que 2008 protagonizó un incómodo y casi cómico momento en la mesa de Mirtha Legrand de Almorzando Con Mirtha, ya que Yiya había llevado las masitas que popularmente se creía que eran las mismas que contenían el veneno con el que mataba a sus víctimas, pero no era más que un mito urbano.
“¿No quiere una masita, doctor? Pueden comerlas, ustedes son testigos, todos son testigos. ¿Quién me podría reemplazar?", se puede escuchar en el clip, donde la diva de los almuerzos bromeaba y degustaba una de las masitas de la invitada.
El fin de un capítulo
Yiya Murano falleció el 26 de abril de 2014 a los 84 años en un geriátrico de Belgrano, donde pasó sus últimos tres años sin reconocer a nadie, ni siquiera a sí misma. Su muerte cerró un capítulo, pero no el interés que genera su vida y las circunstancias que la llevaron a cometer crímenes atroces. A medida que los años avanzan, los secretos que llevó a la tumba se vuelven más intrigantes, y su figura continúa fascinando a generaciones.
Hace un par de años, su único hijo, Martín Murano, ha reavivado el interés por su madre al poner a la venta el juego de té con el que, supuestamente, ella convidaba a sus víctimas. Martín ha revelado que recibió ofertas de hasta 10 mil dólares por las piezas, pero decidió rechazarlas, considerando que el precio no era suficiente. Para él, esos objetos no solo representan un vínculo con su madre, sino también un recordatorio del sufrimiento que ha vivido.

También en declaraciones públicas, Martín ha manifestado que su relación con Yiya fue complicada ya que aseguró “Hasta intentó matarme” pero no dio más detalles. "Siempre fui un maltratado por ella", ha dicho en varias entrevistas.
El interés por Yiya Murano no se limita solo a su vida criminal, sino que también plantea preguntas profundas sobre la naturaleza del mal y la psique humana. Su caso ha sido objeto de análisis en diversos ámbitos, desde la criminología hasta la psicología, lo que genera debates sobre las influencias que moldean a las personas y sus decisiones.
El juego de té se ha convertido en un símbolo de la complejidad de su legado: por un lado, un objeto cotidiano que evoca momentos de convivencia, y por otro, una conexión directa con una serie de crímenes que sacudieron a la historia argentina.
Así, la figura de Yiya Murano trasciende el mero relato de una envenenadora; es un espejo de las sombras que pueden habitar en cualquier ser humano. Su vida y su legado siguen generando interés y reflexión, invitando a profundizar en los aspectos más oscuros de la naturaleza humana y la complejidad de las relaciones familiares. Mientras su historia persista en la memoria colectiva, su nombre seguirá siendo sinónimo de misterio y controversia.





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