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Crímenes impunes: El asesino que Mar del Plata olvidó

  • Foto del escritor: Tinta Joven Argentina al descubierto
    Tinta Joven Argentina al descubierto
  • 10 nov 2025
  • 4 Min. de lectura

Entre 1987 y 1988, Celso Luis Arrastía cometió una serie de femicidios que sacudieron a Mar del Plata.


*Por Serena Barragán, Marco Keogan y Milagros Igartua

Edición: Lic. María Verónica Riedel


Los primeros delitos y su llegada a Mar del Plata


En 1970, Celso Luis Arrastía, con tan solo 20 años, ya manifestaba una conducta delictiva. Ese mismo año cometió un robo a mano armada, por el cual fue condenado a cuatro años de prisión.


Tras cumplir la pena, volvió a involucrarse en actividades ilícitas. En 1986 se mudó a Mar del Plata, donde inició una nueva relación amorosa. Sin embargo, su intento por rehacer su vida no prosperó, fue nuevamente condenado, esta vez a un año de prisión por estafa con una tarjeta de crédito.


Al recuperar la libertad, Arrastía comenzó a vender estupefacientes y también a consumir las drogas que comercializaba, lo que marcó un nuevo deterioro en su conducta. Pero su carrera criminal no terminó allí, con el tiempo, se involucró en una serie de homicidios seriales cuyas principales víctimas fueron mujeres que ejercían la prostitución. Si bien en ese momento estos hechos fueron calificados simplemente como homicidios, con la legislación vigente y la perspectiva actual de género, dichos crímenes pueden ser encuadrados como femicidios.


Los asesinatos que aterrorizaron a la ciudad


En el verano de 1988, Mar del Plata se convirtió en una escena de terror. Algunos lo denominaron como “el verano maldito”, ya que ocurrieron una serie de sucesos que conmocionaron a los habitantes de la ciudad.


Ana María Palomino fue la primera víctima identificada (archivo La Capital)
Ana María Palomino fue la primera víctima identificada (archivo La Capital)

La primera víctima de Arrastía fue Ana María Palomino, una adolescente santiagueña de 17 años que trabajaba como empleada doméstica. El 17 de octubre de 1987, Ana salió a pasear con un joven que había conocido la noche anterior en un boliche. Arrastía se hizo pasar por policía, los obligó a subir a su auto y, luego de dispararle al acompañante, secuestró a Ana. Su cuerpo apareció días después al pie de un acantilado: había sido violada y estrangulada con su propia ropa interior.












En mayo de 1988, Nélida Mabel Quintana de 53 años fue asesinada por estrangulación en un pequeño hotel situado cerca de la Vieja Terminal. Meses más tarde, Margarita Inés López, de 29 años —que ejercía la prostitución— fue encontrada muerta en un hotel de la calle Santa Fe entre Brown y Falucho.

 

Una cuarta víctima logró escapar semidesnuda y denunció que un hombre había intentado estrangularla, pero la policía desestimó su testimonio por tratarse de una “simple prostituta”.


Las pruebas fueron suficientes para imputar formalmente tres hechos, aunque solo dos de ellos se probaron durante el juicio oral y público. En noviembre de 1989, la Cámara Penal condenó a Arrastía a 25 años de prisión por los homicidios de Ana María Palomino y Margarita López.


La sospecha sobre la autoría en otros asesinatos era elevada. Los investigadores intentaron vincularlo con casos similares, como el de Mónica Susana Petit de Murat, nieta del escritor Ulises Petit de Murat, y el de una quinta víctima no identificada hallada en un hotel del barrio La Perla.


Prisión, aparente reinserción y olvido


Celso vivía en un departamento junto a su pareja —a quien golpeaba y maltrataba constantemente—, dueña de un cabaret. A pesar de ello, mantenía relaciones con otras mujeres y dependía económicamente de ella. Tras amenazarla de muerte y ante las sospechas de que él pudiera ser responsable de varios asesinatos, la mujer decidió denunciarlo.


“Me dijo que me iba a matar como a las cinco mujeres que había matado”, declaró en la comisaría.


Arrastía fue detenido por la brigada de investigación local e imputado por rapto, violación y homicidio. Durante las audiencias ante los jueces Reinaldo Fortunato y Graciela Arrola de Galandrini, se negó reiteradamente a declarar. Repetía siempre el mismo modus operandi: violaba, estrangulaba con la ropa interior de las víctimas y les mordía los pezones, evidenciando un profundo sadismo y desprecio hacia las mujeres.


En la Unidad Penal XV de Batán comenzó a estudiar abogacía y fue calificado con conducta ejemplar. Aunque mostraba un aspecto cuidado y un nivel intelectual superior al promedio carcelario, se hacía llamar “el loco de la ruta”, revelando su perversión latente. Los psicólogos concluyeron que elaboraba un mecanismo de negación frente a los crímenes.


Durante su reclusión se volvió a casar, tuvo tres hijos y, en 2006, se le permitió trabajar fuera de la cárcel vendiendo boletos para una empresa de transporte. Actualmente se desconoce su paradero, pero tendría 75 años y se encontraría en libertad.


Cobertura mediática: el asesino que nadie recordó


El caso de Arrastía pasó prácticamente desapercibido para la opinión pública. En el mismo período, dos sucesos captaron toda la atención mediática: el asesinato de Alicia Muñiz a manos de Carlos Monzón y la muerte accidental de Alberto Olmedo. La prensa centró su foco en estos personajes famosos, desviando la mirada de los crímenes seriales que aterrorizaban a la ciudad.


Estudiantes de la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad FASTA realizaron una encuesta a personas mayores de 60 años para medir la recordación del caso. Ninguno de los encuestados conocía a Arrastía ni sus crímenes, mientras que la mayoría recordaba los casos de Monzón y Olmedo.


Los registros muestran que las víctimas de Arrastía —en su mayoría mujeres que ejercían la prostitución— recibieron escasa visibilidad mediática. En el archivo físico del diario La Capital se conservan algunos recortes, pero con errores o información incompleta.


La falta de cobertura sostenida, los prejuicios sociales y las negligencias judiciales contribuyeron a que el asesino actuara con impunidad y que su historia quedara relegada al olvido.



 
 
 

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